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Reseña: Los Punsetes + Pegasvs @Antiguo Museo Británico.

 Las primeras líneas al hablarle a una chica deben ser calculadas, podría decir, temperadas como con un termómetro cuya medida debe considerar la variable del alcohol que inunda tu sistema nervioso, a veces creo eso, a veces creo que así debe ser también al momento de comenzar un texto. Sin embargo en la barra libre del evento de Vans Classics uno puede darse el gusto de pensar absolutamente nada, tal vez ni en palabras y solo te queda pasear tu vaso feliz e inquieto por las instalaciones del museo Británico Americano que lucía conglomerado de jóvenes entusiasmados con sus bebidas; permitiéndose olvidar todas las dudas antes de hablar con una chica. Ese es quizás el primer paso para hacer de un evento una gran fiesta, y primer paso también para darte cuenta que estás a punto de celebrar a un par de tenis que han sido religiosamente utilizados para, al menos, intentar hacer ollie por 4 o 5 escalones, formar bandas de Punk Rock y lucir “ad hoc“, o simplemente para pasearte por las calles de tu ciudad.

 El Museo Británico Americano, conocido por algunos capitalinos por ser el refugio de Volta; fiesta de música electrónica experimental curada por el artista de nuevos medios Juan Jo Rivas, se encontraba completamente decorada por la producción de Vans que se había encargado de colocar al fondo del edificio “el escenario”, un lugar que en algún otro tiempo sirvió de atrio para la iglesia, y que seguramente fue asilo de celebraciones un poco más silenciosas pero no por ello con menos pasión que la de la fiesta de Vans Classics. Este escenario dejaba ver algunos instrumentos colocados estratégicamente en mesas que se miraban de frente, instrumentos desde los que una pareja de españoles conocidos por los entusiastas fanáticos localizados de frente al atrio como: Pegasvs.
El dúo replegaría una buena cantidad de frecuencias moduladas por un par de piezas de museo, sus sintetizadores Moog comenzaron a sonar justo después de algunas canciones que habían sido meticulosamente seleccionadas por Nina Campbell y Erick Gamboa para calentar las mentes y cuerpos de los asistentes al evento y sus amigas.

 El flujo constante y casi motorizado de los beats lanzados por la pareja española, caminaba por un flujo de señales oscilantes y procesadas por Sergio y su módulo Moog, mientras era retocado por las figuras melódicas lanzadas por Luciana que se completaban con su voz. De esta manera amalgamaban un sonido que no negaba sus orígenes barceloneses; pop español que al mismo tiempo encantaba a los asistentes, y permitía descargar algunas frecuencias procesadas y estruendosas a los chicos de hasta el frente, en una especie de hostia sonora destinada a los más fieles seguidores del caballo con alas, actitud que hacía mucho más interesante la propuesta. Todo esto, movido por un ritmo constante que recordaba a la música alemana de los setentas, que no me atrevo a llamar “kraut” por ser esta denominación un insulto en la lengua nativa de bandas como Can o Neu! –una serie de artistas que esencialmente pretendían alejarse lo más posible de la música “rock” –

La modulación de las ondas creaban esa “textura” propia de los sintetizadores, envolviendo la fiesta y la dejaban ahí escondida entre distorsión y tambores,  a su vez un poco tímida, la tierna voz femenina de Lucia, que cantó al mismo tiempo que anunció el final de la noche para Pegasvs, al menos en la fiesta que acababan de encender. No sin antes llevarse un par de gritos de los asistentes que corearon “La melodía del afilador”, como si fueran procedentes de una extraña nación cuyo himno se escribió con la intención de ser interpretado con gritos a todo pulmón y brindis de whisky, mientras se recuerda a la chica que se esperaba ver en la fiesta de independencia de esta fugaz patria, que curiosamente, parecía celebrarse justo frente a mi.

Mis pasos, que ya no eran tan sólidos ni precisos como lo eran al inicio de la noche, se aventuraban a navegar entre las personas que seguían buscando retinas en las cuales desvanecerse. Animados los invitados trataban aún de entrar al antiguo edificio, que como yo, lucía estructuras de madera que soportaban la verticalidad ya casi inexistente de la construcción.

 

La gente se multiplicaba y mientras yo recibía trato VIP esperando en la fila de los tragos, escuchaba desde unas bocinas y una pantalla los acordes de Los Punsetes que se arreglaban con sonidos involuntarios de distorsión que deseaban “morir junto a maricas”, al menos eso era lo que yo pensaba acerca de la banda, resultado de escuchar las grabaciones que ellos mismos se han encargado de compartir a medios de comunicación y usuarios de internet vía su propio sello discográfico llamado Gramaciones Grabofónicas desde el 2004; tiempo suficiente para tener un grupo sólido de personas atentas de la pantalla de LCD y algunos más afortunados que se situaban justo en frente a la banda. que llegaba al escenario como un cuerpo masculino lleno de músculos en las guitarras y la batería a la que se unió como de repente, la voz de una especie de Klaus Nomi con mucho menos maquillaje, bella y de nombre Ariadna, poseedora de una voz que no podía negar que dentro de tanto dinamismo de distorsiones a la Sonic Youth, se escondía una marcada persistencia en sonar como las bandas españolas que te siguen gustando, como si se tratara de un mandato a seguir en el trabajo vocal de los artistas de la península que contiene su hogar, Madrid. No de gratis, aunque si con un trabajo de cortesías, se encontraban en el público los chicos de la banda con insinuaciones noventeras y experimentales D.D.A. pertenecientes a una aventurera nueva camada de bandas que se encargan de circular en los espacios dispuestos a escucharlos del lugar geográfico que los habitantes de mi hogar llaman, cariñosamente: D.F. Pensaba que alguna de las bandas locales, o incluso alguna de las bandas que surgen desenfadadamente en todas las ciudades del país, podría volcarse a escuchar a Pixies. Así fue como Ariadna se encargó de hacer las vocales de los temas de la banda que se dedicaron en mayor parte a hacer versiones de su último disco “Una montaña es una Montaña”, pero tocando temas como “Dinero” y “Tráfico de órganos de iglesia”.

Al terminar, las bandas dejaron claro a varias generaciones de jóvenes en la Ciudad de México que las guitarras pueden seguirse usando con distorsión, no quedaba más que intentar hacer algo parecido con las visiones de nosotros, los invitados de Vans, e intentar distorsionar las ideas al punto de intentar sacar de la mente los mensajes lejanos del Facebook que no dejaban a los chicos de buen corazón desplegar las palabras necesarias para culminar la fiesta con un beso de verano. A esa altura de la noche ya no importaba si esas palabras estaban calculadas o eran incomprensibles por otro ser humano. Tal vez en algún after party alguien se preguntaba lo mismo que yo acerca de las palabras medidas, de pensamientos románticos, de culminaciones gloriosas de una noche con buenos tragos, una noche de suficientes sonrisas de labios bellos, suficiente mareo que acompaña los tenis desgastados por tardes de patineta, suficientes deseos desgastados que acompañan el regreso a casa, incluso es posible que alguien más haya llegado a casa después de caminar calles que medían suspiros.

Me resulta un poco difícil de creer que una fiesta de Vans Classics no disipe las dudas de los jóvenes del D.F. con dos actos españoles bastante sólidos,  una pasarela de cautivos a la marca pasando un gran viernes lleno de alcohol cortesía de la legendaria marca de tenis para patinar y la posibilidad de culminar la noche con un tierno amorío fugaz, pero no lo dudaría ni un segundo: Sometimes people can be oh so dense!

 

Fotos por: Rodrigo Jardón

Texto:@notlunettes

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